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Categoría: Edificios con leyenda
El vampiro del Coliseum

Ni era un vampiro, ni chupaba sangre ni había llegado de Transilvania. Ni quiera era inmortal ni victoriano, pero a cambio sí que existió. Es el vampiro del Coliseum, que durante muchos meses habitó en el antiguo María Lisarda, aquel teatro y cine que Santander siempre prefirió llamar por su nombre de pila, el de Coliseum, y no por sus apellidos, y cuyo solar ocupa hoy un hotel homónimo

El vampiro no era en realidad más que un murciélago que se coló en el edificio en la década de los ochenta y que hizo de él su hogar. Pese a los intensos esfuerzos de los propietarios y personal por localizarle, nadie fue capaz de encontrar el lugar en el que había anidado, y al final no les quedó más remedio que aceptar estoicamente su presencia y cruzar los dedos para que, fiel a su costumbre, se escondiera del público cuando la sala se llenaba.

Al murciélago no le gustaba demasiado dejarse ver y habitualmente permitía que el espectáculo tuviera lugar sin altercados, tanto las proyecciones de cine de la programación habitual como las funciones de teatro. Sin embargo, cuando se producían algunos sonidos graves el animal, desorientado, abandonaba su escondite y comenzaba a aletear por la sala con el consiguiente desagrado.

Una de las veces ocurrió durante una función de Moncho Borrajo, que optó por adaptarse, incluir el suceso en el espectáculo y dedicar al roedor una de sus improvisadas greguerías. Y como llegó se marchó el vampiro, que después de unos meses se alejó un buen día sin causa aparente en busca de un hogar más tranquilo.

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El hombre de Valdecilla

Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. Un celador traslada a una paciente, una mujer consciente y lúcida, a otra habitación. Su capacidad cognitiva no está comprometida por ninguna medicación y no padece enfermedad psiquiátrica alguna. Una enfermera la acompaña en el traslado, que no tiene otro fin que colocarla en una habitación vacía para que tanto ella como sus acompañantes estén más cómodos.

Apenas entrada la cama de ruedas a la habitación, la mujer agarra con terror la muñeca del celador: “No me dejéis aquí, por favor”, le dice con gesto desencajado. El sanitario no sabe muy bien cómo reaccionar y le pregunta qué ocurre. La mujer insiste: “Por favor, no me dejéis aquí, no de dejéis sola aquí…”. Su angustioso ruego no parece tener demasiado sentido. Algunas de las habitaciones del nuevo edificio del hospital son individuales, y en general los enfermos las suelen preferir por la intimidad que ofrecen frente a las dobles, en las que deben compartir espacio con otro paciente. Sin embargo, este no es el caso.

Confundida, la enfermera le pregunta qué ocurre y la mujer estira el brazo señalando la solitaria butaca colocada en una esquina: “Porque ahí hay un hombre sentado“.

Pare evitar un ataque de pánico, el personal sanitario decide devolverla a su antigua habitación y observa cómo la mujer se tranquiliza según empieza a alejarse de la desasosegaste visión, de la que nunca se volvió a saber. O al menos nadie dio testimonio de ello.

La historia comenzó a correr por el hospital. Especialmente entre las enfermeras, que la comentaban con cierta frecuencia en la sala de descanso. Hasta que un día una de ellas preguntó bromeando:

-¿Oye, y seguirá ahí sentado señor?

-No -contestó otra con condescendencia.

-¿Y tú cómo lo sabes? -continuó la broma.

Porque yo también le veía.

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Los fantasmas de La Magdalena

La Península de La Magdalena tiene una población censada de algo más de un par de docenas de animales, entre patos y focas, una población flotante que puede superar el centenar de personas durante los cursos de verano de la UIMP y los congresos de temporada y una población espectral de tres almas.

A finales del siglo XIX la península era poco más que una zona salvaje de Santander, alejada tanto de la población como del Sardinero. Aún no se habían rellenado los arenales de El Camello, construido la avenida Reina Victoria ni, por supuesto, se había planteado la construcción de un palacio real. Era sólo un lugar semisalvaje y semiabandonado. En otros tiempos enclave defensivo, solo quedaban ya allí vegetación, acantilados, zonas boscosas, los restos del Castillo de San Salvador de Hano sobre el solar donde se levantó después el actual palacio, y el Faro de la Cerda, construido junto a la antigua batería homónima.

Entonces sí que tenía un vecino censado: el farero. Y justo entonces, en aquel final del siglo XIX, mucho antes de que Alfonso XIII comenzara veranear en la zona y de que se instalara la Universidad Internacional de Verano, después rebautizada como UIMP, llegó a la península su primer habitante sobrenatural, de quién todos los santanderinos han oído hablar aunque ninguno lo viera nunca.

Es el fantasma de La Magdalena, un espíritu que vaga por el recinto desde hace cerca de siglo y medio; mucho antes de que comenzaran a merodear por la zona otros fantasmas mucho más corpóreos; el espíritu errante de un joven santanderino que tras sufrir un desengaño se suicidó en aquel lugar, arrojándose al mar según algunas versiones y volándose la cabeza según otras.

Los veraneos reales y la docencia de verano fueron quitando espacio y protagonismo al fantasma enamorado hasta que las nuevas generaciones le olvidaron, eclipsado también por dos nuevos espíritus llegados al Real Sitio bastante más tarde y en pareja, como para hacerse compañía el uno al otro.

La primera sala a la derecha según se accede al Palacio de La Magdalena, construido décadas después, es popularmente conocido como la Sala de los Fantasmas. El motivo, una fotografía en la que Alfonso XIII posa a las puertas del edificio con distintas autoridades de la época. En ella se pueden ver dos rostros difusos, absolutamente etéreos, que siempre se han identificado como espíritus, a lo que ha contribuido enormemente el hecho de que no se haya conseguido (ni probablemente intentado) conocer su verdadera identidad.

Puede que uno de ellos sea el viejo fantasma enamorado que entre paseo y paseo se encontrara con una figura real (en todos los sentidos) y se adelantará a su tiempo haciéndose un foto con el monarca. O tal vez no, y como su compañero sea un espectro completamente distinto, independiente y, probablemente, con mucho más rancio abolengo. O quizá sus fantasmagóricas figuras sean sencillamente el resultado de una mala pasada del bromuro de plata.

Ellos son las nuevas estrellas paranormales, pero todavía hay quien recuerda a aquel fantasma enamorado que no encuentra la paz y sigue merodeando entre el bullicio veraniego a la espera de que llegue la fría calma del invierno.

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La casa encantada de San Vicente

La Casa de la Curva, El Palomar o, sencillamente, la casa encantada. Estos tres nombres recibe indistintamente el edificio más esotérico de San Vicente de la Barquera, que según la leyenda está habitado por unos cuantros espíritus. El más conocido o el más parrandero es el de una niña. Pero con ella vivirían al menos su madre, su abuelo, un sacerdote y otro espectro anónimo.

La historia responde bastante bien al género, porque apenas existen testimonios completos más allá de los de la investigadora que tras oir hablar de la antigua leyenda investigó el edificio y dijo haber hecho el hallazgo. Pero aun así el runrun se ha extendido por el pueblo. Si se buscan más fuentes la historia se complica y se vuelve algo confusa, atropellada y a veces incluso contradictoria. Habla entonces de unos vecinos que oían llorar a una niña durante la noche y de otros fenómeno. De portazos inexplicables y de farolas que se apagan a un hectómetro de distancia cuando uno se acerca a la casa con intenciones de hablar con ectoplasmas.

El caserón custodia la curva por la que se accede al Puente Nuevo, que comunica los dos núcleos urbanos de San Vicente y hoy en día sigue siendo una gran arteria del pueblo. Une su casco viejo con el ensanche, pero durante décadas fue algo más. Hasta que en 1995 se concluyó la Autovía del Cantábrico era uno de los puentes que unían por la costa Asturias y Cantabria, una vía a menudo congestionada por la que los barquereños observaban estoicos el paso de interminables caravanas. Durante esas décadas la zona vio unos cuantos accidentes, siempre con El Palomar como testigo, pero más que cualquier fenómeno paranormal habría que buscar la explicación en la saturación del tráfico.

Hay inlcuso quien sostiene que durante la reforma de la casa se produjeron más accidentes en la presuntamente trágica curva, algo que pudo tener poco de metafísico y mucho de físico por posibles problemas de visibilidad, firme, distracciones, señalizaciones provisionales, invasión de la calzada… Pero aun así la leyenda persisitió. El edificio se presta a la leyenda: una vieja casa de piedra con un gran portón de madera, techumbre antigua y vigas que crujen.

Al parecer la casa estuvo habitada por el espíritu de una niña llamada Gloria que murió al caerse por las escaleras y se quedó allí junto a su familia, decidida a acompañarla para siempre. O por una buena temporada, porque en los últimos años no ha tenido a bien manifestarse en nuestra dimensión. Ni siquiera la investigadora que alertó de su presencia ha podido localizarla ya con su medidor de biomasa, uno de esos cacharros dignos de los cazafantasmas que se utilizan para identificar a los ídem (a los espectros, no a sus cazadores).

La mayoría los vecinos trata de aportar algo de cordura y ve el edificio como uno más, pero algo está ya claro: parece difícil que El Palomar se quite ya de encima el apellido de casa encantada. Los barquereños lo tienen muy claro: allí no pasa nada extraño, pero todos han oído hablar de los fantasmas de la casa de la curva.

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El edificio bonzo

Hay edificios que por un motivo u otro parecen malditos. En otros casos son los solares los que imprimen carácter y parecen resistirse a que construyan sobre ellos. Un ejemplo paradigmático de esta segunda clasificación mitómano-legendaria urbanita es el Edificio Macho, infortunado sucesor del no menos desdichado Palacio Macho. Del origen de aquella orgullosa vivienda noble se sabe bastante poco; ni siquiera quiénes fueron los primeros inquilinos de presunto rancio abolengo que, también presuntamente, lo habitaran en una época no menos rancia.

Sea como sea, los edificios construidos sobre ese solar, se llamen como se llamen, tienen una empecinada tendencia a entrar en combustión espontánea. El antiguo Palacio Macho, que por cierto acogió la redacción de El Diario Montañés hasta 1925, ya había ardido una vez antes de calcinarse completamente en el gran incendio de 1941. Sobre sus ruinas se levantó una nueva construcción homónima que también fue pasto de las llamas en 1971, cuando hubo reconstruirla casi por completo antes de que sufriera otro altercado menor.

La zona debe tener algún magnetismo especial para el fuego, porque a un puñado de metros se levanta el Mercado del Este, que no ha cumplido aún las dos décadas y recrea otro edificio declarado en ruina tras quedar muchos años inutilizado como consecuencia, cómo no, de un incendio. Como el que había sufrido en 1941. Aunque en aquella segunda ocasión fue la inacción del Ayuntamiento la que provocó la desaparición de un espacio que estuvo décadas abandonado a su mala suerte hasta que la rehabilitación fue ya imposible.

La tendencia pirómana no es, sin embargo, lo más extraño del enclave. Según la leyenda urbana que circula por la ciudad, el Macho está catalogado como edificio enfermo y entre en el personal que ha trabajado entre sus tabiques se han registrado varios casos de una extraña enfermedad llamada lipoatrofia semicircular. Una dolencia cuyos efectos remiten según se deja de trabajar allí.

La asombrosa pulsión insalubre tampoco es lo más extraño del edificio bonzo, que aun hoy acoge algunos servicios de la Consejería de Economía del Gobierno de Cantabria, su titular durante décadas. Ya mucho antes de que se trasladara a gran parte del personal al Paseo del Alta algunos funcionarios contaban en la intimidad, por aquello de que no les tomaran por locos, que en el edifico pasaban cosas raras. Cosas de fantasmas. Y no se referían al día en que Ahsan Ali Syed visitó el despacho del consejero presentándose como la pera limonera después de comprar el Racing con el dinero del Racing. No. Se referían a fantasmas de los de sábana y cadenas.

No era ya que los ascensores subieran y bajaran sin que nadie los llamara no ocupara (que lo hacían), sino que algunas luces se encendían inexplicablemente incluso con el edificio ya cerrado, cuando solo estaba en su interior el personal de seguridad. Todo se tomaba a broma hasta que empezaron a aparecer rostros difuminados en algunas fotocopias (afortunadamente en pocas, porque en caso contrario la valoración de la EPA de turno hubiera resultado incluso más paranormal) y el sistema de incendios comenzó a encenderse y apagarse sin que nada ni nadie lo activara o desconectara. Algo bastante inquietante dados unos antecedentes que recomiendan encarecidamente no tomarse a broma el fuego en aquel reducto incandescente. Pero ni siquiera el técnico que revisó la instalación encontró una explicación plausible, según el ensayista Juan Gómez, que ha investigado el caso.

Casi todo el personal se ha trasladado ya a la nueva sede, mucho más grande, del Paseo del Alta. Y quizá algunos trabajadores respiraran aliviados al enterarse del cambio, aunque de ser así ninguno lo reconocerá. Sin embargo, permanezcan atentos, porque en cualquier momento las llamas del edificio bonzo pueden iluminar la ciudad de nuevo.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.