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Autor: aserfalagan
La casa encantada de San Vicente
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Aser Falagán | 09-07-2014 | 11:40| 0

La Casa de la Curva, El Palomar o, sencillamente, la casa encantada. Estos tres nombres recibe indistintamente el edificio más esotérico de San Vicente de la Barquera, que según la leyenda está habitado por unos cuantros espíritus. El más conocido o el más parrandero es el de una niña. Pero con ella vivirían al menos su madre, su abuelo, un sacerdote y otro espectro anónimo.

La historia responde bastante bien al género, porque apenas existen testimonios completos más allá de los de la investigadora que tras oir hablar de la antigua leyenda investigó el edificio y dijo haber hecho el hallazgo. Pero aun así el runrun se ha extendido por el pueblo. Si se buscan más fuentes la historia se complica y se vuelve algo confusa, atropellada y a veces incluso contradictoria. Habla entonces de unos vecinos que oían llorar a una niña durante la noche y de otros fenómeno. De portazos inexplicables y de farolas que se apagan a un hectómetro de distancia cuando uno se acerca a la casa con intenciones de hablar con ectoplasmas.

El caserón custodia la curva por la que se accede al Puente Nuevo, que comunica los dos núcleos urbanos de San Vicente y hoy en día sigue siendo una gran arteria del pueblo. Une su casco viejo con el ensanche, pero durante décadas fue algo más. Hasta que en 1995 se concluyó la Autovía del Cantábrico era uno de los puentes que unían por la costa Asturias y Cantabria, una vía a menudo congestionada por la que los barquereños observaban estoicos el paso de interminables caravanas. Durante esas décadas la zona vio unos cuantos accidentes, siempre con El Palomar como testigo, pero más que cualquier fenómeno paranormal habría que buscar la explicación en la saturación del tráfico.

Hay inlcuso quien sostiene que durante la reforma de la casa se produjeron más accidentes en la presuntamente trágica curva, algo que pudo tener poco de metafísico y mucho de físico por posibles problemas de visibilidad, firme, distracciones, señalizaciones provisionales, invasión de la calzada… Pero aun así la leyenda persisitió. El edificio se presta a la leyenda: una vieja casa de piedra con un gran portón de madera, techumbre antigua y vigas que crujen.

Al parecer la casa estuvo habitada por el espíritu de una niña llamada Gloria que murió al caerse por las escaleras y se quedó allí junto a su familia, decidida a acompañarla para siempre. O por una buena temporada, porque en los últimos años no ha tenido a bien manifestarse en nuestra dimensión. Ni siquiera la investigadora que alertó de su presencia ha podido localizarla ya con su medidor de biomasa, uno de esos cacharros dignos de los cazafantasmas que se utilizan para identificar a los ídem (a los espectros, no a sus cazadores).

La mayoría los vecinos trata de aportar algo de cordura y ve el edificio como uno más, pero algo está ya claro: parece difícil que El Palomar se quite ya de encima el apellido de casa encantada. Los barquereños lo tienen muy claro: allí no pasa nada extraño, pero todos han oído hablar de los fantasmas de la casa de la curva.

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El enamorado de Maliaño
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Aser Falagán | 07-07-2014 | 3:26| 0

A principios de los noventa uno de los puntazos kitsch de una telerrealidad en pañales era ‘Lo que necesitas es amor‘, una especie de juego casamentero que aliñaba la alcahueta de toda la vida con un buen puñado de  amarillismo televisivo envuelto, eso sí, en una cáscara de colorín para teñirlo de blanco, sumar al público pseudoinfantil y conseguir una audiencia de casi cinco millones de espectadores que incluso en aquellos tiempos de escasa fragmentación del target era un registro más que respetable. A poco que se tuviera un mínimo de empatía el programa provocaba sin remedio vergüenza ajena,  aunque tal vez fuera precisamente esa la clave de su éxito.

Aunque lo popularizó el veterano actor reconvertido en presentador Jesús Puente, en su primera etapa una joven Isabel Gemio presentaba aquel formato con una propuesta muy sencilla: una persona (generalmente un tipo) llamaba al programa para pedir matrimonio o perdón a su pareja (generalmente una avergonzada mujer, aunque a veces ocurría al contrario) o, en la versión más hardcore, a declararse a cualquier incauta/o a quien asaltaban por la calle sin que adivinara lo que se le venía encima.  Por si al dúo de turno le quedara algo de dignidad, iban a visitarles en una furgoneta metalizada decorada con el estridente logotipo del programa y bautizada como ‘La caravana del amor‘.

Las señoras de cierta edad y la España más atávica se engancharon al programa de cabecera de los domingos por la noche; una sucesión de episodios lacrimógeno-cañís arropada siempre por anónimos con vocación de porteros o sencillamente ganas de disfrutar del ridículo ajeno.

Alimetado por esta moda celestina de principios de los noventa, Maliaño se apuntó en 1993 a un espídico efecto dominó sobre la presunta visita de la tele. Sin que nunca se haya sabido cómo, de pronto surgió el rumor, la noticia constatada, en aquel momento, de que la caravana kitsch, que nada tenía que ver con los Kiss ni con Manowar, iba a pasar por allí. La noticia se extendió como un virus; como una auténtica epidemia gracias al boca-oído o, todo lo más, a través del teléfono fijo. Porque internet no era más que un concepto difuso y experimental y la telefonía móvil apenas existía. Todo lo más, algún hortera tenía teléfono en el coche.

El caso es que en pocas horas todo Maliaño lo tenía claro. Isabel Gemio iba a llegar a bordo de ‘La furgoneta del amor’ para echarle una mano a un tipo, presuntamente también de Maliaño, que se iba a declarar a una amiga. O a pedirle matrimonio a su novia. O a pedirle perdón por algo. O cambio para tabaco. O quién sabe qué.

El caso es que a media tarde la Gemio y su caravana iban a estar en la calle Menéndez Pelayo para ser testigos (e instigadores) de lo que quiera que tuviera que decir un muchacho que al parecer se iba a subir al campanario de la iglesia de Cristo. Aquí es donde la historia se complica, porque según algunos iba a vocear un mensaje, otros juraban que se iba a lanzar en parapente y otros estaban convencidos de que se iba a tirar de la torre. De hacerlo, estaba claro que no solo aparecería en el prime time de la noche del domingo, sino también en todos los informativos.

Chavales a la salida del instituto, cazautógrafos, marujas y demás curiosos se congregaron por cientos en el parque la tarde de autos. Y esperaron, esperaron. Y esperaron… sin que nadie apareciera. Ni la Gemio, ni su caravana ni el enamorado ni su enamorada. Nada. Los más descreídos esperaron minutos. Los más confiados, horas. Pero al final hasta los más resistentes se rindieron a la evidencia.

Pocos días después se emitió el programa; ese mismo en el que nunca estuvo previsto que apareciera Maliaño. Isabel Gemio no mencionó ese nombre, quizá por no dejar en evidencia a un pueblo con el orgullo herido, pero sí que lanzó un aviso a navegantes: “No hagan caso de los rumores”.

Unos años más tarde otro programa presentado por Isabel Gemio dio pie a una de las leyendas  urbanas más recordadas de España. Tenía que ver con Ricky Martin, una joven, su mascota y un tarro de mermelada. Pero eso ya es otra historia que no no-ocurrió en Cantabria.

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Al tiro, Jack Sparrow
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Aser Falagán | 29-06-2014 | 3:00| 0

“La competición se disputará bajo la modalidad de concurso. Primera mano. Tiro: 18 metros. Raya alta a la mano. Al tiro, Jack Sparrow”. Estas palabras nunca se pronunciaron. Al menos todas juntas, pero en ese universo difuso que se construye a golpe de imaginación pudieron llegar a articularse. A finales de la pasada década se propagó a orillas del Saja el rumor de que el alter ego que Johnny Depp convirtió en el pirata más iconoclasta de la historia vivía en Mazcuerras. O, si se prefiere, en la Luzmela que imaginó Concha Espina, por seguir con el paralelismo entre la realidad aristotélica y su trasunto recreado.

El imaginario colectivo convirtió durante un breve espacio de tiempo al actor en un vecino más de Mazcuerras, donde habría comprado una espaciosa pero discreta casa en la que huir de la frivolidad de Hollywood mientras la que en aquella época era su mujer, Vanessa Paradis, cultivaba zanahorias en un pequeño huerto protegido de las miradas furtivas por los árboles que rodeaban la finca.

Todo muy molón si no fuera porque nadie en Mazcuerras había visto ni a Depp ni a los Oompa Loompa de la fábrica de chocolate . Ni siquiera un tatuaje con una difuminada dedicatora a Winona Ryder. Para fortuna de todos los peluqueros de la zona, aquello fue solo una leyenda urbana que pese a su espectacularmente breve vida responde perfectamente al género. Si acaso, por ponerle algún pero, quizá sería más correcto considerarla leyenda rural por aquello de ambientarse en un núcleo que apenas alcanza los dos millares de habitantes si se suman todos sus barrios.

O tal vez todo ocurriera en realidad y el pueblo en pleno haya firmado un pacto de silencio para no delatar a su ilustre paisano. Puede que durante los concursos se acerque al locutor con su particular contoneo, le mire con ojos exorbitados, arquee el cuello y le corrija mientras quiebra la muñeca : “¡Capitán!… Jack Sparrow”.

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El edificio bonzo
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Aser Falagán | 24-06-2014 | 3:57| 0

Hay edificios que por un motivo u otro parecen malditos. En otros casos son los solares los que imprimen carácter y parecen resistirse a que construyan sobre ellos. Un ejemplo paradigmático de esta segunda clasificación mitómano-legendaria urbanita es el Edificio Macho, infortunado sucesor del no menos desdichado Palacio Macho. Del origen de aquella orgullosa vivienda noble se sabe bastante poco; ni siquiera quiénes fueron los primeros inquilinos de presunto rancio abolengo que, también presuntamente, lo habitaran en una época no menos rancia.

Sea como sea, los edificios construidos sobre ese solar, se llamen como se llamen, tienen una empecinada tendencia a entrar en combustión espontánea. El antiguo Palacio Macho, que por cierto acogió la redacción de El Diario Montañés hasta 1925, ya había ardido una vez antes de calcinarse completamente en el gran incendio de 1941. Sobre sus ruinas se levantó una nueva construcción homónima que también fue pasto de las llamas en 1971, cuando hubo reconstruirla casi por completo antes de que sufriera otro altercado menor.

La zona debe tener algún magnetismo especial para el fuego, porque a un puñado de metros se levanta el Mercado del Este, que no ha cumplido aún las dos décadas y recrea otro edificio declarado en ruina tras quedar muchos años inutilizado como consecuencia, cómo no, de un incendio. Como el que había sufrido en 1941. Aunque en aquella segunda ocasión fue la inacción del Ayuntamiento la que provocó la desaparición de un espacio que estuvo décadas abandonado a su mala suerte hasta que la rehabilitación fue ya imposible.

La tendencia pirómana no es, sin embargo, lo más extraño del enclave. Según la leyenda urbana que circula por la ciudad, el Macho está catalogado como edificio enfermo y entre en el personal que ha trabajado entre sus tabiques se han registrado varios casos de una extraña enfermedad llamada lipoatrofia semicircular. Una dolencia cuyos efectos remiten según se deja de trabajar allí.

La asombrosa pulsión insalubre tampoco es lo más extraño del edificio bonzo, que aun hoy acoge algunos servicios de la Consejería de Economía del Gobierno de Cantabria, su titular durante décadas. Ya mucho antes de que se trasladara a gran parte del personal al Paseo del Alta algunos funcionarios contaban en la intimidad, por aquello de que no les tomaran por locos, que en el edifico pasaban cosas raras. Cosas de fantasmas. Y no se referían al día en que Ahsan Ali Syed visitó el despacho del consejero presentándose como la pera limonera después de comprar el Racing con el dinero del Racing. No. Se referían a fantasmas de los de sábana y cadenas.

No era ya que los ascensores subieran y bajaran sin que nadie los llamara no ocupara (que lo hacían), sino que algunas luces se encendían inexplicablemente incluso con el edificio ya cerrado, cuando solo estaba en su interior el personal de seguridad. Todo se tomaba a broma hasta que empezaron a aparecer rostros difuminados en algunas fotocopias (afortunadamente en pocas, porque en caso contrario la valoración de la EPA de turno hubiera resultado incluso más paranormal) y el sistema de incendios comenzó a encenderse y apagarse sin que nada ni nadie lo activara o desconectara. Algo bastante inquietante dados unos antecedentes que recomiendan encarecidamente no tomarse a broma el fuego en aquel reducto incandescente. Pero ni siquiera el técnico que revisó la instalación encontró una explicación plausible, según el ensayista Juan Gómez, que ha investigado el caso.

Casi todo el personal se ha trasladado ya a la nueva sede, mucho más grande, del Paseo del Alta. Y quizá algunos trabajadores respiraran aliviados al enterarse del cambio, aunque de ser así ninguno lo reconocerá. Sin embargo, permanezcan atentos, porque en cualquier momento las llamas del edificio bonzo pueden iluminar la ciudad de nuevo.

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El Aviaco 502
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Aser Falagán | 18-06-2014 | 3:35| 0

El 31 de enero de 1978 el vuelo 502 de Aviaco que cubre la ruta Valencia-Bilbao, un Caravelle 10-R, sobrevuela el cielo vizcaíno en las proximidades del Aeropuerto de Sondika. El comandante Carlos García Bermúdez maniobra con cautela por encima de una densa capa nubosa que dificulta la visibilidad e impide la navegación a baja altura sin instrumentos. Más abajo, a unos mil metros de altitud, otra cortina de nubes oculta la pista de aterrizaje. El viejo aeropuerto, una ratonera encajada entre montañas, tiene merecida fama de pista difícil y peligrosa. Las condiciones meteorológicas dificultan aún más el aterrizaje y pese a su contrastada pericia el comandante Bermúdez recibe aliviado la orden de abortar la maniobra de aproximación y dirigirse al Aeropuerto de Santander-Parayas, donde a solo cien kilómetros y unos quince minutos de vuelo le espera una pista despejada.

Bermúdez mantiene la nave a 10.000 metros de altitud y corrige el rumbo hacia Santander, pero cuando ha recorrido aproximadamente veinte millas observa sorprendido cómo de pronto se forma una nube compacta y brillante que engulle la aeronave y obliga a su tripulación colocarse las gafas de sol para evitar el deslumbramiento. Volar entre nubes no es nada extraordinario, aunque tampoco resulta en absoluto frecuente que se formen a 10.000 metros de altitud, pero lo que provoca su inquietud es lo que sucede a continuación. De pronto todos los instrumentos de navegación dejan de responder, las brújulas se vuelven locas, como neutralizadas por alguna extraña fuente magnética, el cuentamillas comienza a contar al revés y la cabina pierde las comunicaciones con Parayas y Sondika, desde cuyas torres de control se llama insistentemente a la aeronave sin recibir respuesta alguna. Los indicadores indican un rumbo inverso al correcto y en cabina no comprenden qué sucede con el aparato, que teóricamente responde a los mandos pero no a tenor de los indicadores.

Siete minutos después el vuelo 502 sale de la nube electromagnética. Recupera el radar y las comunicaciones con tierra y el instrumental vuelve a mostrar unas mediciones correctas. Sin embargo, el comandante Bemúdez repara en que el medidor de distancias señala exactamente las mismas millas recorridas que siete minutos antes, cuando el avión entró en el vórtice. Como si hubiera permanecido estático en el aire durante esos siete minutos.

Superada la crisis, la tripulación inicia la maniobra de aproximación y aterriza sin incidencias en el Aeropuerto de Parayas. Ya en tierra piloto, y copiloto comprueban atónitos que han tardado nada menos que 32 minutos, más del doble de lo previsto, en recorrer la escasa distancia entre Bilbao y Santander. Lo que para ellos habían sido siete minutos envueltos en una nube parecen haber resultado 24 para el resto de la humanidad, como si el cielo de la Cantabria oriental albergara una grieta espacio-temporal o un portal dimensional capaz de congelar el tiempo. Ninguna lectura ni teoría podía explicar lo sucedido, y menos aún para el experimentado comandante Bermúdez. Más de siete lustros después sigue sin haber explicación.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.