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Autor: aserfalagan
El espectro de La Magdalena Timberline
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Aser Falagán | 25-08-2014 | 12:03| 0

Todo palacio que se precie tiene que tener un buen puñado de espíritus. Y al de La Magdalena le sobra. De hecho, tiene algo de Hotel Timberline, aunque en la serie a la que sirvió de decorado tuviera una temática muy diferente al de aquel inhóspito caserón en el que Jack Nicholson, AKA Jack Torrance, viajó a la locura. Si en aquella historia el guardés del hotel quedaba atrapado para siempre entre sus muros e impreso en una fotografía de principios del siglo XX, la antigua residencia santanderina de Alfonso XIII guarda muchas similitudes, aunque a través de dos historias diferentes.

La foto de los fantasmas retiene en su papel fotosensible hasta cuatro ‘espectros’ importados a Santander unos meses después de que Alfonso XIII se tomara en París una inquietante fotografía que ahora luce en la Sala Madrazo. También un antiguo espíritu, mucho más que el propio palacio, vaga por la península tras quitarse la vida por un desengaño amoroso.

Pero es otro fantasma más el que ocupa por derecho propio el Palacio de La Magdalena, en este caso en un documentado y trágico alumbramiento a la leyenda. Se trata de una mujer que habitó el Palacio en los años diez, prácticamente recién construido, como parte del servicio de mantenimiento y al que según la leyenda llegó a ver la mismísima reina Victoria. También el personal actual del Palacio de La Magdalena, hoy empresa municipal, ha oído hablar del espíritu, una presencia consustancial a cualquier edificio señorial que se precie.

Lo que no resulta en absoluto gracioso es la historia real en la que se basa la leyenda. Recién terminado de construir el Palacio de La Magdalena se destinó a Santander a Jesús Otero, uno de los jardineros que trabajaban para la familia real, para condicional la zona. Otero se alojó en el Palacio con sus hijos y su mujer, a la que encontró un día muerta en su habitación con una soga atada al cuello. Al menos esa fue la historia que le contó a la policía y al juez, que en un principio creyeron su versión y le dejaron en libertad.

El denominado ‘Crimen de la Magdalena’ tiene una macabra similitud con la obra de Stephen King. Incluso sus escaleras (Las del hall, porque las principales del distribuidor no existían en el edificio original) parecen un escenario propicio para reproducir la escalofriante escena del nacimiento a la locura de Torrance. El caso es que pronto levantó sospechas tanto entre los investigadores como en la prensa, abriendo un juicio mediático paralelo en el que el diario La Atalaya defendía la hipótesis del asesinato. Al final desencadenó un proceso por el cual Otero fue condenado a cadena perpetua por asesinato, cumplida en parte en El Dueso.

La historia no termina ahí, sino que años después apareció publicada en prensa la noticia de que un sacerdote había escuchado en confesión a un moribundo que reconocía haber sido él, y no José Otero, el autor del crimen, como lo recuerda en uno de sus libros José Ramón Saiz Viadero. Esa información se pierde también en las brumas del anonimato, sin que nunca se haya podido tener la certeza de lo que ocurrió aquel siniestro día. Solo que la mujer tuvo que ser asesinada.

Sin embargo, conviene echar un vistazo de vez en cuando a la fotografía de los fantasmas; esa que cuelga de una de las paredes de la Sala Madrazo. Tal vez algún día ocurra como en el Hotel Timberline y de pronto el señor Otero aparezca posando ufano junto Alfonso XIII, atrapado para siempre en la emulsión fotosensible como justo castigo a su crimen. Quizá incluso sea uno de los rostros que aparece desdibujado y sencillamente nadie le ha reconocido.

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El vampiro del Coliseum
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Aser Falagán | 28-07-2014 | 6:06| 0

Ni era un vampiro, ni chupaba sangre ni había llegado de Transilvania. Ni quiera era inmortal ni victoriano, pero a cambio sí que existió. Es el vampiro del Coliseum, que durante muchos meses habitó en el antiguo María Lisarda, aquel teatro y cine que Santander siempre prefirió llamar por su nombre de pila, el de Coliseum, y no por sus apellidos, y cuyo solar ocupa hoy un hotel homónimo

El vampiro no era en realidad más que un murciélago que se coló en el edificio en la década de los ochenta y que hizo de él su hogar. Pese a los intensos esfuerzos de los propietarios y personal por localizarle, nadie fue capaz de encontrar el lugar en el que había anidado, y al final no les quedó más remedio que aceptar estoicamente su presencia y cruzar los dedos para que, fiel a su costumbre, se escondiera del público cuando la sala se llenaba.

Al murciélago no le gustaba demasiado dejarse ver y habitualmente permitía que el espectáculo tuviera lugar sin altercados, tanto las proyecciones de cine de la programación habitual como las funciones de teatro. Sin embargo, cuando se producían algunos sonidos graves el animal, desorientado, abandonaba su escondite y comenzaba a aletear por la sala con el consiguiente desagrado.

Una de las veces ocurrió durante una función de Moncho Borrajo, que optó por adaptarse, incluir el suceso en el espectáculo y dedicar al roedor una de sus improvisadas greguerías. Y como llegó se marchó el vampiro, que después de unos meses se alejó un buen día sin causa aparente en busca de un hogar más tranquilo.

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El hombre de Valdecilla
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Aser Falagán | 23-07-2014 | 11:35| 0

Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. Un celador traslada a una paciente, una mujer consciente y lúcida, a otra habitación. Su capacidad cognitiva no está comprometida por ninguna medicación y no padece enfermedad psiquiátrica alguna. Una enfermera la acompaña en el traslado, que no tiene otro fin que colocarla en una habitación vacía para que tanto ella como sus acompañantes estén más cómodos.

Apenas entrada la cama de ruedas a la habitación, la mujer agarra con terror la muñeca del celador: “No me dejéis aquí, por favor”, le dice con gesto desencajado. El sanitario no sabe muy bien cómo reaccionar y le pregunta qué ocurre. La mujer insiste: “Por favor, no me dejéis aquí, no de dejéis sola aquí…”. Su angustioso ruego no parece tener demasiado sentido. Algunas de las habitaciones del nuevo edificio del hospital son individuales, y en general los enfermos las suelen preferir por la intimidad que ofrecen frente a las dobles, en las que deben compartir espacio con otro paciente. Sin embargo, este no es el caso.

Confundida, la enfermera le pregunta qué ocurre y la mujer estira el brazo señalando la solitaria butaca colocada en una esquina: “Porque ahí hay un hombre sentado“.

Pare evitar un ataque de pánico, el personal sanitario decide devolverla a su antigua habitación y observa cómo la mujer se tranquiliza según empieza a alejarse de la desasosegaste visión, de la que nunca se volvió a saber. O al menos nadie dio testimonio de ello.

La historia comenzó a correr por el hospital. Especialmente entre las enfermeras, que la comentaban con cierta frecuencia en la sala de descanso. Hasta que un día una de ellas preguntó bromeando:

-¿Oye, y seguirá ahí sentado señor?

-No -contestó otra con condescendencia.

-¿Y tú cómo lo sabes? -continuó la broma.

Porque yo también le veía.

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Los fantasmas de La Magdalena
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Aser Falagán | 17-07-2014 | 9:21| 0

La Península de La Magdalena tiene una población censada de algo más de un par de docenas de animales, entre patos y focas, una población flotante que puede superar el centenar de personas durante los cursos de verano de la UIMP y los congresos de temporada y una población espectral de tres almas.

A finales del siglo XIX la península era poco más que una zona salvaje de Santander, alejada tanto de la población como del Sardinero. Aún no se habían rellenado los arenales de El Camello, construido la avenida Reina Victoria ni, por supuesto, se había planteado la construcción de un palacio real. Era sólo un lugar semisalvaje y semiabandonado. En otros tiempos enclave defensivo, solo quedaban ya allí vegetación, acantilados, zonas boscosas, los restos del Castillo de San Salvador de Hano sobre el solar donde se levantó después el actual palacio, y el Faro de la Cerda, construido junto a la antigua batería homónima.

Entonces sí que tenía un vecino censado: el farero. Y justo entonces, en aquel final del siglo XIX, mucho antes de que Alfonso XIII comenzara veranear en la zona y de que se instalara la Universidad Internacional de Verano, después rebautizada como UIMP, llegó a la península su primer habitante sobrenatural, de quién todos los santanderinos han oído hablar aunque ninguno lo viera nunca.

Es el fantasma de La Magdalena, un espíritu que vaga por el recinto desde hace cerca de siglo y medio; mucho antes de que comenzaran a merodear por la zona otros fantasmas mucho más corpóreos; el espíritu errante de un joven santanderino que tras sufrir un desengaño se suicidó en aquel lugar, arrojándose al mar según algunas versiones y volándose la cabeza según otras.

Los veraneos reales y la docencia de verano fueron quitando espacio y protagonismo al fantasma enamorado hasta que las nuevas generaciones le olvidaron, eclipsado también por dos nuevos espíritus llegados al Real Sitio bastante más tarde y en pareja, como para hacerse compañía el uno al otro.

La primera sala a la derecha según se accede al Palacio de La Magdalena, construido décadas después, es popularmente conocido como la Sala de los Fantasmas. El motivo, una fotografía en la que Alfonso XIII posa a las puertas del edificio con distintas autoridades de la época. En ella se pueden ver dos rostros difusos, absolutamente etéreos, que siempre se han identificado como espíritus, a lo que ha contribuido enormemente el hecho de que no se haya conseguido (ni probablemente intentado) conocer su verdadera identidad.

Puede que uno de ellos sea el viejo fantasma enamorado que entre paseo y paseo se encontrara con una figura real (en todos los sentidos) y se adelantará a su tiempo haciéndose un foto con el monarca. O tal vez no, y como su compañero sea un espectro completamente distinto, independiente y, probablemente, con mucho más rancio abolengo. O quizá sus fantasmagóricas figuras sean sencillamente el resultado de una mala pasada del bromuro de plata.

Ellos son las nuevas estrellas paranormales, pero todavía hay quien recuerda a aquel fantasma enamorado que no encuentra la paz y sigue merodeando entre el bullicio veraniego a la espera de que llegue la fría calma del invierno.

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Cuando Hitler se fue a Somo
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Aser Falagán | 14-07-2014 | 11:10| 0

30 de abril de 1945. El Ejército Rojo de Zhukov avanza sobre Berlín. Los obuses soviéticos castigan los pocos edificios que han dejado en pie los bombardeos de la RAF, sin oposición en el aire desde que redujeron Dresde a cenizas en venganza por la masacre de Coventry. El ambiente se puede cortar en el Fuhrerbunker, excavado unos quince metros por debajo de la Cancillería. Tras almorzar y dar instrucciones a su asistente, Adolf Hitler se retira a su despacho junto a su compañera Eva Braun, a la que en un fugaz destello de humanidad ha convertido horas antes en su mujer. Ambos meriendan una cápsula de cianuro. El veneno fulmina a la breve esposa del fuhrer, que no necesita hacer uso del arma que le ha entregado su marido. El mismo Hitler elige también ese método para quitarse la vida. Pero tiene el tiempo y el buen gusto suficientes para volarse antes la cabeza de un disparo. Karl Donitz, nuevo presidente del Reich, será el encargado de organizar una semana después la capitulación alemana.

Hasta aquí la historia oficial, la que se estudia en las facultades. Pero la bahía de Santander conoce otra versión que la tradición oral ha mantenido viva durante casi siete décadas. Aquel 30 de abril, consciente de que el delirio nazi había llegado a su fin, Hitler ya no se encontraba en Berlín. Ni siquiera en Alemania. Había huido a su Austria natal, desde donde se las habría arreglado para embarcar en un submarino y atracar en Barcelona.

A la espera de que se organizara el viaje que tenía que llevarle con una identidad falsa desde Vigo a Argentina, el exfuhrer tenía que hacer escala y descansar en algún lugar discreto a medio camino. Y eligió Somo, donde se alojó junto a su mujer y un puñado de jerarcas nazis. Desde finales de los setenta el diminuto pueblo ha vivido un crecimiento exponencial en torno a su interminable playa, pero entonces era un solo pequeño núcleo rural con solo unas cuantas casas y unos pocos cientos de vecinos.

Durante unos días o unas semanas, según la fuente, Hitler y su séquito se habrían dedicado a descansar, esperar a que su viaje estuviera organizado y hacer lo que quiera que hagan los nazis para entretenerse sin llamar demasiado la atención. Tal vez jugaran al mus nazi. Solo se sabe que no cogieron olas nazis, porque en aquella época aún no había llegado a Cantabria la primera tabla, que otra leyenda urbana sitúa también en Somo. Su día a día se envuelve en una misteriosa bruma. Y es que a partir de ese punto de consenso en común, el que dice que Hitler no murió sino que se alojó en el pueblo tras la Segunda Guerra Mundial, las versiones se vuelven divergentes.

Algunos sitúan al fuhrer del III Reich en un hostal denominado Las Quebrantas. Otros sostienen que en realidad se hospedaba en un hotel u hostal situado camino de Loredo, en la misma carretera que a día de hoy une ambos pueblos. Pero las versiones más fidedignas le alojan en el Hostal Villa Matilde, que se alzaba junto al embarcadero hasta que aproximadamente con el cambio de siglo fue demolido para construir un edificio de viviendas.

Allí habría permanecido el fuhrer durante unas semanas para marcharse después con la misma discreción que había llegado y la complicidad del régimen franquista, presunto cómplice su huida, escondite y cambio de identidad. La historia, tan intrínseca a Somo como sus dunas, se siguió transmitiendo oralmente gasta que en 2010 el argentino Abel Basti publicó un libro que defendía la huida del fuhrer a Argentina con escala cántabra incluida. Cuando se pregunta al autor por sus fuentes, la respuesta es siempre la esperada: atribuciones reservadas y promesas de confidencialidad que impiden contrastar ningún dato, puesto que el texto no aporta pruebas documentales.

Pero dos cosas son ciertas: que la historia era vox populi en el Somo más clásico y que como toda leyenda urbana la historia encierra algo de realidad distorsionada, en este caso, hasta hacerla irreconocible. Porque lo que sí es cierto es que un puñado de espías y jerarcas nazis de bajo escalafón se refugiaron en Cantabria.

Kurt Bormann, espía de la Gestapo, utilizó su empresa santanderina de artes gráficas como vehículo y tapadera para proporcionar a los fugados alemanes nuevas identidades. Tal vez hubiera sido incluso el encargado de imprimir la documentación falsa de Hitler, que solo habría tenido que embarcar en la lancha de Los Diez Hermanos y dar un paseo por Santander para encontrarle. Perseguido por los aliados, tuvo que huir a Sudamérica, pero en los años cincuenta regresó a Santander, donde disfrutó de una vida plácida en su domicilio del número 30 de la calle Perines hasta su muerte en 1987.

Pero la historia que pudo inspirar la leyenda urbana de Hitler en Cantabria es la de Reinhard Spitzy, brevemente apodado como ‘El Pasiego‘, oficial de las Waffen-SS y secretario de Von Ribbentrop, que vivió en Santillana del Mar entre 1944, aún en plena Guerra Mundial, cuando cayó en desgracia en la Alemania nazi por ser sospechoso de haber participado en el atentado de la Guarida del Lobo. El cura del pueblo le acogió para que no le localizaran las autoridades alemanas y ya con la conflagración mundial terminada se mudó al Palacio de Iñigo López de Mendoza, también en Santillana. Tuvo tiempo incluso de fundar la carpintería y mueblería Talleres Montañeses en Cabezón de la Sal antes de huir en 1946 para evitar su detención tras ser localizado por los aliados.

También Diersen, propietario del mítico Vivarium, un chiringuito que hasta 1981 se levantó sobre los bajos del Rihn, simpatizaba con la causa nazi, aunque nadie le conoció nunca ninguna relación directa con el fuhrer. Al fin y al cabo, los chiringuitos de Somo eran la competencia. Pero tal vez todos ellos miraran con nostalgia al sur cuando paseaban por Puertochico, quizá pensando, que allí, a un solo golpe de vista, les esperara Hitler a la sombra de una duna.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.