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Autor: aserfalagan
Las entrañas de Peñacastillo
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Aser Falagán | 31-03-2015 | 12:01| 0

Un puesto de vigilancia avanzada con vistas a la bahía y a Santander, un enorme silo, una base operativa secreta o incluso todo un entramado civil o militar. Todo lo que dé de sí la imaginación cabría en los túneles secretos de Peñacastillo, una compleja red de galerías artificiales que el boca-oído sitúa en las entrañas del punto más alto de la ciudad. Una antigua megaestructura olvidada y cegada sin que la ciudad llegara a olvidarla del todo. Todo muy molón; verdaderamente fascinante si no fuera por el detalle de que, pese a la leyenda urbana, ni Peñacastillo está hueca ni ningún túnel la atraviesa.

Peñacastillo es mucho más que una montaña herida por la enorme dentellada que le arreó su vieja cantera. Para empezar, da nombre a una de las cuatro pedanías de Santander y apunta a haber sido uno de los asentamientos humanos más antiguos del municipio. Alrededor de su cambiante pero inconfundible figura se han fraguado no solo uno de los pueblos más característicos de Santander, que incluso llegó a tener una trainera subcampeona de España hasta que la fiebre urbanística cegó su salida al mar, sino unas cuantas leyendas semienterradas en su viejos caminos y grutas, algunas de ellas desaparecidas cuando se decidió desollar la antigua peña, de nuevo en aras de la industria de la construcción.

Una de esas leyendas asegura que la peña está poco menos que hueca; plagada de túneles defensivos en una infraestructura subterránea similar a la de Gibraltar. Túneles que habrían tenido distintas funciones a lo largo de la historia, especialmente durante los conflictos bélicos. Como refugio, almacén, cuartel o puesto defensivo. Todo según la versión y la capacidad de inventiva de cada cual. La comparación con el peñón no es casual: hasta bien entrado el siglo XX el agua bañaba aún Peñacastillo y casi las mismas faldas del monte en una imagen similar a la de Gibraltar, con lo que una peña trufada de túneles completaría a la perfección el símil. Si los viejos túneles bélicos gibraltareños del XIX fueron ampliados durante la Segunda Guerra Mundial, los de Peñacastillo podían haber bullido de actividad muy pocos años antes, durante la Guerra Civil, para vigilar buena parte de la bahía y la ciudad que le sirve de cabecera. O tal vez para refugiarse de los bombardeos.

Probablemente la leyenda beba en parte del pasado de la vieja y maltratada peña, horadada durante décadas por una cantera que la imaginación popular pudo llegar a convertir en mina subterránea. Así, una infinidad de túneles se cruzarían en el interior de la montaña con quién sabe qué ocultos y ya desconocidos propósitos: de acuerdo con la versión más extendida del mito habrían quedado ya fuera de servicio y cegados para evitar tanto accidentes como visitas de curiosos.

El ejercicio de fantasía tampoco era tan difícil, puesto que las historias de yacimientos, grutas y tesoros son casi consustanciales a Peñacastillo prácticamente desde que existe constancia escrita: Desde una gran fortuna que estaría enterrado en una de sus laderas, al más puro estilo de Robert Louis Stevenson, a otras que hablan de antiguos habitantes de la época paleolítica. Historia esta última menos rocambolescas y con visos de verosimilitud, pero también difícil de constatar ante la literal desaparición de buena parte de la fachada sur de la peña víctima de la extracción de piedra. Otras, como la de ese viejo tesoro escondido durante la Reconquista, parecen mucho más retorcidas y difíciles de verificar, pero con el paso de los años y las generaciones también podría haber contribuido a alimentar la leyenda. Por mucho que el razonamiento constituya un atentado epistémico, la imposibilidad de demostrar que no hubo tal tesoro demuestra su existencia desde la perspectiva mitómana o conspiranóica.

En todo caso, la ausencia de cualquier tipo de galería más allá de los recovecos y grutas naturales desmonta la teoría de una Peñacastillo hueca. Una buena noticia para la ciudad, que no verá así reclamada la soberanía de su particular peñón. O tal vez los túneles estén tan ocultos que nadie ha sido capaces de localizarlos, y en ellos habiten monos escapados de Cabárceno preparándose para colonizar uno de los últimos reductos rurales de Santander y hermanarse con sus colegas de Gibraltar.

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La leyenda del Pajus
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Aser Falagán | 02-03-2015 | 6:13| 0

Aquello de que la Pontificia de Comillas iba a ser un centro docente de referencia mundial no es la única leyenda urbana que persigue al antiguo seminario. Hay otras bastante anteriores e incluso tan increíbles como aquella, aunque mucho más duraderas y probablemente con más dosis de realidad en su origen.

Un lugar tan modernista como Comillas, donde la sociedad autóctona se funde con un a veces snob ambiente estival, no podía estar huérfana de su leyenda urbana, nacida en este caso en su época dorada, cuando la influencia de Antonio López, los arquitectos modernistas y la Universidad Potificia hicieron de la villa un centro de referencia cultural y destino favorito de los poderes fácticos del norte.

Este contexto alumbró el mito del Pajus, un personaje que nadie ha visto y de quien tampoco ha trascendido el porqué de su nombre, pero que todo el mundo conoce. Solo de oídas, claro, pero lo suficiente como para haber escuchado su historia, convenientemente adaptada al gusto de cada cual, aunque en cualquier caso bastante truculenta. La tradición dice que justo en la madrugada del 28 de agosto, cuando están a punto de dar las doce y por lo tanto de cambiar el día, su fantasmagórica figura aparece colgada de uno de los árboles de la Universidad Pontificia.

El Pajus no es más que el espectro de un joven estudiante que a principios del siglo XX (curiosamente no se conoce el año, pero sí el día) decidió poner así fin a su vida y desde entonces arrastra una condena que le obliga a repetir el ritual coincidiendo con su aniversario. Ni siquiera se sabe qué arbol, supuestamente centenario, luce año tras año ese macabro adorno al final del verano, aunque de acuerdo con la tradición oral es el mismo del que se colgó el seminarista, ha sobrevivido al paso del tiempo y sigue mostrando ufano su figura en lo alto de la ladera.

Conocedores de la historia, una costumbre más o menos común entre los niños comillanos es subir ese día al ‘Seminariu‘, como se conoce popularmente el complejo, para ir al encuentro del espectro al final de la cuesta de ‘La Cardosa‘, aunque lo más habitual es que el miedo infantil les haga abandonar y que la aventura termine a la puerta de la Pontificia.

Como todo mito contemporáneo, tiene una base real y cierto propósito moralizante, aunque en este caso ha quedado bastante difuminado. Tanto como para que existan casi tantas versiones como comillanos, si bien con dos alternativas mayoritarias que para contribuir aún más a la confusión resultan absolutamente contradictorias.

La primera de ellas asegura que el espectro del Pajus es efectivamente el de aquel joven seminarista que nunca llegó a adaptarse a la vida sacerdotal. Según esta versión, su carácter díscolo chocaba frontalmente con su vocación, y víctima de un ambiente que consideraba poco menos que carcelario decidió escapar una noche de verano de la residencia de la residencia terminar con su vida ahorcándose del primer árbol que le pareció adecuado. Para redondear la narración, el suceso habría sido silenciado por las autoridades religiosas, lo que unido a la tradición de no informar sobre suicidios propició que nunca apareciera en los medios de comunicación.

Como es frecuente, la historia no está documentada y tiene además una contrapartida que casi la iguala en lo tétrico, aunque mucho más prosaica y pendenciera. Pasados los años, cuando se comenzaron a impartir cursos estivales de inglés, entre los jóvenes que se alojaban en el antiguo seminario comenzó a correr la versión de que el Pajus era en realidad un exhibicionista que rebozado en una gabardina acechaba a la espera de compartir su intimidad con los estudiantes. Esta revisión, mucho más moderna y heterodoxa, parece nacida más de la imaginación de los alumnos y de una rápida asociación con el nombre del espectro, al que nunca se ha asociado durante la centenaria leyenda con el culto a Onán. Tampoco cuenta con ningún testigo que merezca tal consideración. Solo amigos de amigos o alguien que tenía un conocido al que una vez le presentaron a alguien que lo vio. De hecho, parece más una adaptación de la leyenda del Hombre de los Caramelos, pero ahí ha quedado, como si tuviera algo de cierto. Como aquello del centro de referencia mundial del castellano, que quizá hiciera esbozar una sonrisa al Pajus.

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Los helicópteros negros
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Aser Falagán | 26-02-2015 | 11:56| 0

Un enorme y ruidoso avión sobrevuela Cantabria con obsesiva puntualidad. Lo hace sobre un eje imaginario que atraviesa la A-67 entre Santander y Torrelavega para pasar por Reinosa. Como si tratara de explorar la autonomía de norte a sur. Su indisimulada fiabilidad levantó en su momento todo tipo de especulaciones, inmediatamente interrumpidas cuando alguien decidió aplicar la lógica y comprobó que no tenía nada de espía ni de paranormal. Sencillamente se trata de un enorme Antonov de carga con una ruta regular entre el Reino Unido y Marruecos.

Su historia ha refrescado la de una leyenda urbana con una vocación mucho más inquietante. Esta no de aviones, sino de helicópteros. Helicópteros negros y silenciosos como aviesos predecesores del bullicioso Antonov. Helicópteros espías de nuevo orden mundial. O eso asegura un mito contemporáneo ambientado en el sur de la bahía de Santander, todo un filón para las leyendas urbanas y otros fenómenos con Pontejos y Somo como centros de poder.

La historia devuelve la atención a este segundo pueblo, el mismo que presuntamente sirvió de refugio a Hitler y Trostki. De hecho, a muy pocos metros del edificio en el que de acuerdo con el mito se habría alojado. Aunque si los helicópteros acudían a la búsqueda o al rescate llegaban bastante tarde.

Octubre de 1996. Un objeto sobrevuela a muy baja altura Las Quebrantas de Somo y la playa de El Puntal. Enfoca el arenal con un haz de luz. Parece que busque algo. O a alguien. Pero no luce ningún distintivo que permita idetificarle. Los desperdigados testigos, siempre anónimos que dejan solo su testimonio en la red, no alcanzan al principio a distinguir la oscura figura. Cuando llegan a vislumbrar que se trata de la silueta de un helicóptero, la aeronave cambia de rumbo para no delatar su presencia.

Diciembre de 1996. Un helicóptero, tal vez el mismo o al menos de las mismas características, sobrevuela las islas de Mouro y Santa Marina. En ambos casos detiene la observación y desparece cuando advierte la presencia de testigos. Siempre en medio de un inquietante silencio. Siempre según una historia divulgada boca-oído sin que se haya identificado a ningún testigo. Solo ‘gente-que-lo-sabe-de-buena-tinta’ o ‘el-amigo-de-un-amigo-de-absoluta-confianza’.

El rumor del helicóptero negro sobrevolando la ciudad y su bahía tiene muy poco de autóctono y mucho de transliteración mitómana; la de una leyenda urbana nacida pocos años antes en Estados Unidos y según la cual estas aeronaves pertenecerían a una sociedad secreta: el Nuevo Orden Mundial. Un grupo más oculto, sofisticado y poderoso que el Club Bilderberg, la Masonería e incluso los Canteros y el Club de los ‘No Homer’; una sociedad secreta afanada en instaurar un nuevo sistema planetario bajo su mando. Conocer además sus características sería pedir demasiado, porque las sociedades secretas no se caracterizan por su gran transparencia informativa, pero sus helicópteros negros estarían en plena misión de reconocimiento, búsqueda, vigilancia o con cualquier otro propósito.

Por muy descacharrante que parezca, existen hipótesis aún más descabelladas si cabe, como la que asegura que son aeronaves de los ‘hombres de negro’; esos mismos ‘Men in Black’ que según la leyenda nacida en los años cincuenta vigilan la presencia alienígena en la Tierra, suponiendo que no lo sean ellos mismos. Ni Santander ni Somo vieron nunca a Will Smith canturreando embutido en el traje de los domingos, pero los amantes cántabros de las teorías conspiranóicas tienen desde aquel momento un nuevo filón.

También esta versión es una reproducción más o menos exacta de uno de los mitos urbanitas más extendidos, un fenómeno viral comparable al de la chica de la curva o el robo de órganos, que se repite de forma recidivante en infinidad de áreas urbanas. Ni siquiera la versión nacional es exclusiva de Cantabria, porque al parecer los helicópteros negros son más sencillos de ver en Galicia. Sin embargo, Santander también tiene sus propias meigas, generalmente con la vista puesta en el sur de la bahía.

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Cuando Trostki se fue a Somo
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Aser Falagán | 10-02-2015 | 2:03| 0

El mínimo poblado de pescadores que era el Somo de mediados del siglo XX debía tener algo magnético. O la gasolinera para submarinos más fetén de toda Europa. Todo el pueblo sabe de sobra que Adolf Hitler -sí: Adolf Hitler- pasó allí unos días cuando el Ejército Rojo le daba ya por muerto. Pero con mucho más celo se guarda otra historia; esta solo al alcance -hasta ahora- de unos STV muy concretos: la gente de Somo de Toda la Vida. Es otra leyenda urbana que sostiene que antes que el fuhrer ya había pasado por el pueblo otro mandamás histórico. Precisamente el impulsor de ese Ejército Rojo: Lev Trostki, que habría llegado a su costa en plena huida secreta (al parecer no debió serlo tanto en Somo) de la enfermiza persecución de Yosif Stalin.
Para darle más colorido e inverosimilitud a la historia (por si no tuviera bastante), el antiguo líder soviético, que llevaba ya para aquel momento varios años exiliado en diferentes países europeos víctima de una de las purgas stalinistas, habría hecho escala en Somo a finales de 1936, en plena Guerra Civil, con una Cantabria consolidada aún como zona republicana pero sometida a bloqueo naval. Cierto es que nunca fue muy efectivo, pero permite arropar más aún la historia imaginando la pericia de un ficticio capitán, de identidad y nacionalidad desconocidas, que lograra eludir el cerco nacional para llegr a ‘zona roja’.
Trostki se habría alojado en el Hostal Las Quebrantas, precisamente el mismo lugar que según la otra leyenda urbana dio cobijo a Hitler nueve años después. Allí habría permanecido el tiempo suficiente como para que los vecinos recordaran su presencia haciendo lo que quiera que hagan los líderes defenestrados del Ejército Rojo para entretenerse. Tal vez jugara a los bolos soviéticos. Solo se sabe que no cogió olas soviéticas porque en aquella época aún no había llegado a Cantabria la primera tabla, que otra leyenda urbana sitúa también en Somo.
La presencia, claro, de estos dos gerifaltes, que nunca coincidieron en el continuo espacio-temporal cántabro, debía necesariamente provocar confusiones y simbiosis entre ambos mitos urbanos. Según la fuente, fueron indistintamente el líder nazi o el impulsor del Ejército Rojo los que llegaron a Santander en submarino. Y de nuevo como en el caso de Hitler, la leyenda se viste de contexto histórico para contribuir a la confusión. En una Cantabria militarizada y acosada por las tropas nacionales, la visita del Ejército Rojo (en su versión cirílica) no hubiera estado mal vista por algunos sectores. Sin embargo, la intervención soviética más activa durante la Guerra Civil se produjo posteriormente. Trostki era ya para entonces un proscrito de la ortodoxia soviética tras caer en desgracia ante Stalin, de modo que cualquier ayuda de Moscú nunca hubiera pasado por su persona.
Los más atrevidos aventuran, incluso, que el revolucionario ruso podría haberse alojado en la misma habitación que en 1945 ocuparía Hitler en Las Quebrantas, quizá en un empeño por rizar el rizo. Sin embargo, hay otra versión de la difuminada leyenda le aloja en el centro del pueblo, si se puede echar mano de tal concepto en un núcleo que en aquella época no pasaba de un puñado de casas. En concreto, en el solar donde ahora se levanta un moderno edificio con un negocio de equipos de comunicaciones.
Da igual dónde se alojara. El caso es que la leyenda permanece latente, siempre a la sombra de la visita hitleriana, y se difumina después en un halo de misterio, como lo es el de su propia y fabulada llegada a la bahía de Santander, confundida siempre en esa espesa nebulosa que envuelve las historias conocidas ‘de buena tinta’.

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El mito de Cabo Mayor
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Aser Falagán | 14-11-2014 | 12:05| 0

Una cruz se asoma al mar junto al Faro de Cabo Mayor, convertido ya en un símbolo icónico de Santander. El faro actual, heredero de otro más antiguo, data de la primera mitad del siglo XIX, pero el monumento es mucho más joven. Inaugurado en 1941, homenajea a las víctimas ejecutadas por el bando republicano en aquel lugar durante la Guerra Civil. El boca a oído y la tradición oral han citado siempre los acantilados de Cueto y, más en concreto, la escarpada costa de Cabo Mayor, como un lugar habitual de ejecuciones durante la conflagración española, un error tan extendido que la leyenda urbana terminó por aceptarse como hecho histórico en un poco frecuente consenso admitido tanto desde la perspectiva republicana como desde la nacional; un error sorprendentemente institucionalizado incuso en estudios rigurosos.

El mito no resiste la investigación histórica, y también desde las dos sensibilidades se ha intentado, con poco éxito, de desmentir lo que nació como fruto de la confusión y consolidó la propaganda. Tradicionalmente se han contado vagas historias de ajusticiados por los dos bandos, casi siempre huérfanas de nombres concretos, aunque en general dominan los relatos sobre los simpatizantes nacionales arrojados al mar por los republicanos. Según algunas versiones se les despeñaba para que después el mar arrastrara su cadáver, según otras se les ataban plomadas para que se ahogaran y en una tercera revisión se les ejecutaba antes de arrojarles al vacío. Ese inexistente capítulo del terror es el que conmemora el monumento de Cabo Mayor, un mirador rematado por una gran cruz que se alza orgullosa sobre el precipicio.

Pocas veces una leyenda urbana y la historia real se han confundido tanto. La Guerra Civil dejó infinidad de ejecuciones y asesinatos en Santander. Tanto que aún hoy existe una herida abierta que enciende algunos ánimos cuando se habla de aquella época. Pero nadie fue arrojado a los acantilados de Cabo Mayor, donde ni siquiera se produjeron ejecuciones, como se puede comprobar cotejando la documentación de ambos bandos. Las referencias que existen sobre estos supuestos hechos son siempre vagas y sin confirmar, basadas en hipótesis de víctimas que cayeron, efectivamente, asesinadas, pero en circunstancias sin esclarecer, como tantas veces sucede en el horror de la guerra. Y pronto la propaganda y la propia incertidumbre llevaron incluso a personas cercanas a las víctimas a situar sus últimos minutos en el faro.

Desde el 18 de julio de 1936 y hasta que la ruptura del Cinturón de Acero de Vizcaya precipitó el desmoronamiento del Frente del Norte, también acosado desde el sur, Cantabria permaneció fiel al gobierno republicano. Tras la caída de Santander el 25 de agosto de 1937, una de las primeras decisiones de las nuevas autoridades fue, como era habitual, iniciar una causa general para depurar responsabilidades, entre ellas las supuestas ejecuciones en Cabo Mayor. Se inspeccionaron los precipicios, se enviaron buzos al fondo marino para buscar cadáveres, se rastreó la costa en busca de cuerpos que hubiera arrastrado la corriente, se preguntó a víctimas y represaliados e incluso se habló con los fareros. La conclusión no pudo ser más clara ni la fuente menos dudosa: no hay constancia de que nadie fuera ejecutado o asesinado allí. De hecho, no hubo ningún procesamiento por este motivo.

Así lo expresa la Auditoría de Guerra de marzo de 1938, instruida por el juez Antonio Orbe Gómez-Bustamante, que dice: “Erróneamente se ha creído, y sigue creyéndose, que fue el Faro de Cabo Mayor el lugar preferido para los crímenes marxistas”. Respecto a las informaciones aparecidas en prensa y los datos sobre asesinatos en los acantilados, transmitidos de forma oral, el informe de las autoridades franquistas también es categórico: “Como de ordinario, falló la vox pópuli -señala el documento-. De las averiguaciones hechas en esta Causa aparece que ningún torrero perdió la razón y que ningún buzo ha visto cadáveres en el fondo del mar. El faro estaba habitado por dos torreros y sus familiares y por una guardia permanente de vigilancia de costa, los que eran demasiados testigos para que ante ellos fuesen a cometerse tantos crímenes y los cuales no vieron nunca cadáveres en las lastras y peñas de al pié del acantilado, las que tan solo son cubiertas en la pleamar de las mareas vivas; los cuerpos que hubiesen sido lanzados desde tan gran altura sobre aquellas peñas del fondo quedarían con enormes traumatismos que no se observan en los muchísimos cadáveres recogidos en este litoral“.

Pero una cosa es la investigación de los hechos y otra la propaganda. A un régimen tan entusiasta de la creación de símbolos no le venía nada mal la leyenda urbana. Lejos de desmentirla, decidió darla carta de naturaleza con un monumento funerario coronado por una imponente cruz que hasta la retirada de la inscripción homenajeaba a los ‘Caídos por Dios y por la patria’. Un monolito que, aunque ya sin esa leyenda, sigue en pie en Cabo Mayor.

Igual de equivocada es la creencia de que en la época franquista esos mismos acantilados fueran testigos  de los asesinatos y ejecuciones de represaliados republicanos, como se llega a afirmar uno de los recorridos turísticos por Santander. Sencillamente, el terror tuvo lugar en otros escenarios.

El nacimiento de la leyenda se puede buscar, además del lógico miedo y confusión provocado por el cima bélico, en que algunas de los primeras ejecuciones sí que tuvieron lugar, según  la investigación franquista, en la zona de Cueto (aunque no en Cabo Mayor), y en que el faro sí que fue testigo de algunos paseos. Después, la macabra costumbre de arrojar cuerpos al mar reforzó esa teoría en el aterrado y mal informado imaginario popular. De hecho, ‘llevar al Faro’ llegó a sustituir en el lenguaje popular de Santander a otro eufemismo, el de ‘dar el paseo’, este común a toda España.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.