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Cuando Trostki se fue a Somo
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Aser Falagán | 10-02-2015 | 13:03

El mínimo poblado de pescadores que era el Somo de mediados del siglo XX debía tener algo magnético. O la gasolinera para submarinos más fetén de toda Europa. Todo el pueblo sabe de sobra que Adolf Hitler -sí: Adolf Hitler- pasó allí unos días cuando el Ejército Rojo le daba ya por muerto. Pero con mucho más celo se guarda otra historia; esta solo al alcance -hasta ahora- de unos STV muy concretos: la gente de Somo de Toda la Vida. Es otra leyenda urbana que sostiene que antes que el fuhrer ya había pasado por el pueblo otro mandamás histórico. Precisamente el impulsor de ese Ejército Rojo: Lev Trostki, que habría llegado a su costa en plena huida secreta (al parecer no debió serlo tanto en Somo) de la enfermiza persecución de Yosif Stalin.
Para darle más colorido e inverosimilitud a la historia (por si no tuviera bastante), el antiguo líder soviético, que llevaba ya para aquel momento varios años exiliado en diferentes países europeos víctima de una de las purgas stalinistas, habría hecho escala en Somo a finales de 1936, en plena Guerra Civil, con una Cantabria consolidada aún como zona republicana pero sometida a bloqueo naval. Cierto es que nunca fue muy efectivo, pero permite arropar más aún la historia imaginando la pericia de un ficticio capitán, de identidad y nacionalidad desconocidas, que lograra eludir el cerco nacional para llegr a ‘zona roja’.
Trostki se habría alojado en el Hostal Las Quebrantas, precisamente el mismo lugar que según la otra leyenda urbana dio cobijo a Hitler nueve años después. Allí habría permanecido el tiempo suficiente como para que los vecinos recordaran su presencia haciendo lo que quiera que hagan los líderes defenestrados del Ejército Rojo para entretenerse. Tal vez jugara a los bolos soviéticos. Solo se sabe que no cogió olas soviéticas porque en aquella época aún no había llegado a Cantabria la primera tabla, que otra leyenda urbana sitúa también en Somo.
La presencia, claro, de estos dos gerifaltes, que nunca coincidieron en el continuo espacio-temporal cántabro, debía necesariamente provocar confusiones y simbiosis entre ambos mitos urbanos. Según la fuente, fueron indistintamente el líder nazi o el impulsor del Ejército Rojo los que llegaron a Santander en submarino. Y de nuevo como en el caso de Hitler, la leyenda se viste de contexto histórico para contribuir a la confusión. En una Cantabria militarizada y acosada por las tropas nacionales, la visita del Ejército Rojo (en su versión cirílica) no hubiera estado mal vista por algunos sectores. Sin embargo, la intervención soviética más activa durante la Guerra Civil se produjo posteriormente. Trostki era ya para entonces un proscrito de la ortodoxia soviética tras caer en desgracia ante Stalin, de modo que cualquier ayuda de Moscú nunca hubiera pasado por su persona.
Los más atrevidos aventuran, incluso, que el revolucionario ruso podría haberse alojado en la misma habitación que en 1945 ocuparía Hitler en Las Quebrantas, quizá en un empeño por rizar el rizo. Sin embargo, hay otra versión de la difuminada leyenda le aloja en el centro del pueblo, si se puede echar mano de tal concepto en un núcleo que en aquella época no pasaba de un puñado de casas. En concreto, en el solar donde ahora se levanta un moderno edificio con un negocio de equipos de comunicaciones.
Da igual dónde se alojara. El caso es que la leyenda permanece latente, siempre a la sombra de la visita hitleriana, y se difumina después en un halo de misterio, como lo es el de su propia y fabulada llegada a la bahía de Santander, confundida siempre en esa espesa nebulosa que envuelve las historias conocidas ‘de buena tinta’.

Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.