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Las voces del túnel
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Aser Falagán | 06-10-2014 | 09:18

Una vez al año, en concreto el día de Jueves Santo, unas extrañas voces se dejan oir junto a los corazones marineros de Santander; en el barrio de pescadores de Tetuán, que eso fue hasta que los barcos de faenar comenzaron a abandonar Puertochico para emigrar al actual Barrio Pesquero; y en la Cañía, una de las vías de acceso al turístico Sardinero.

Estas dos diferentes formas de ver, concebir y vivir el mar se comunicaban a través del antiguo túnel de Tetuán, que nada tiene que ver con el construido a finales del siglo veinte para comunicar Puertochico y Las Llamas. A ese pasaje y no al actual (oficialmente denominado con buen criterio como Túnel de Puertochico) es al que se refiere la vieja y bastante desconocida leyenda urbana de los llantos del túnel, según el cual tanto en la boca de La Cañía como en la de la calle Tetuán que le dio nombre, ambas cegadas ahora por escaleras, el día de Jueves Santo se oyen voces de niños, casi como si la castiza y marinera calle santanderina se transformara por unas horas en la selva de la isla de Perdidos.

Como casi toda la mitología urbana, la historia tiene un poso de realidad convenientemente desfigurada hasta gestar la leyenda. El túnel se construyó a finales del siglo XIX como parte del trazado del tren que conectaba Santa Lucía con El Sardinero. Permaneció en servicio hasta que a principios de los años diez la electrificación de los trenes y tranvías, hasta entonces a vapor, le obligaron a abandonarlo por ser demasiado estrecho para instalar troles o catenarias. Sin embargo, y aunque se dejó de utilizar, el túnel no se cegó y durante la Guerra Civil volvió a dar servicio a la ciudad, esta vez como refugio antiaéreo para protegerse de los bombardeos franquistas.

El túnel fue así testigo del miedo y el dolor no sólo de los niños, sino de toda la ciudad. Quizá esta experiencia traumática alumbrara la leyenda o quizá tenga un origen más reciente, porque el último capítulo de la galería se escribió en 1950, cuando se habilitó de nuevo como paso peatonal antes de ser definitivamente cegado. Tal vez el sellado dejara atrapado a algún espíritu, a tenor de lo que cuentan aquellos pocos santanderinos que aún recuerdan la leyenda de las voces (o los llantos, según la versión) del túnel.

Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.