img
La casa de los fantasmas
img
Aser Falagán | 25-09-2014 | 17:22

Torrelavega. Centro de la ciudad. Los operarios de una constructora empiezan la jornada de mala gana. No por el trabajo en sí, sino por el lugar, un viejo edificio que ya les ha jugado alguna pasada desagradable. Están acostumbrados a lidiar con los peligros de los andamios y la maquinaria, pero no con riesgos metafísicos. Como cada día, las herramientas no aparecen donde las habían dejado la tarde anterior. Una pared recién rebocada vuelve a estar desnuda. Los habituales ruidos son cada vez más inquietantes. Ya no quieren trabajar allí.

Los hechos no sucedieron exactamente así, pero esta es una recreación más o menos fiel de la leyenda que recorrió la capital del Besaya durante los años ochenta y noventa, domiciliada en el número 7 de la calle José Posada Herrera. Hoy en día se levanta sobre el mismo solar un nuevo edificio que solo conserva unos pocos elementos de su antecesor, cuyo estilo imita como homenaje y recuerdo de aquella modesta y orgullosa construcción de finales del XIX. Y quizá también a sus particulares inquilinos: unos espíritus burlones y algo inquietantes. Al menos así se manifestaron en los ochenta, cuando durante las obras de reforma se corrió la voz de que en aquella dirección, cuyos bajos habían alojado durante décadas las instalaciones de Muebles Argüello, sucedía algo raro.

Una vez cerrada la mueblería sus propietarios vendieron un edificio cuyas plantas superiores se distribuían en varias viviendas de alquiler a una empresa que barajaba acondicionarlo para fines académicos, pero el proyecto no salió adelante y el edificio se quedó vacío y sin atención durante década y media.

Pasado ese tiempo, las instalaciones comenzaban a amenazar ruina y el Ayuntamiento ordenó su rehabilitación, alumbrando sin querer la historia de la casa de los fantasmas. Según cuenta la leyenda, fue en el preciso momento en que comenzaron las obras cuando, quizá molestos por el trajín de los andamios, los supuestos (y paranormales) habitantes del edificio empezaron a manifestar su presencia. Pronto se corrió la voz de que sucedían cosas raras, en especial entre los operarios que trabajaban en sus muros.

Siempre según fuentes secundarias, sin ningún un testimonio directo que avalara las afirmaciones pero con un permanente eco en la ciudad, pronto se corrió la voz que en el edificio se podía ver a una mujer vagando sin rumbo y siluetas que recorrían los pasillos. Además, se habían escuchado llantos de niños y ya era un secreto a voces que las herramientas de los obreros cambiaban pertinazmente de lugar.

La hipótesis del despiste pasó así a la de la broma, pero dio un salto al estadio de la parapsicología cuando un buen día (de nuevo en una narración apócrifa) los operarios observaron ojipláticos que parte del trabajo de la jornada anterior estaba de nuevo sin hacer. Como si se hubiera viajado atrás en el tiempo o algún espíritu burlón se hubiera dedicado a boicotear su labor. Afortunadamente Amenábar no había rodado aún ‘Los otros’ en Las Fraguas, porque el argumento parece arrancado de su guión; como si los fantasmas quisieran dejar claro que aquella era su casa o el alter ego de Nicole Kidman y sus niños cuasi albinos se hubieran mudado del Palacio de los Hornillos a la capital del Besaya.

En un contexto que invitaba al desasosiego, algunos torrelaveguenses recordaron entonces que mucho tiempo atrás un hombre se había ahorcado en aquel edificio. También se manejó la hipótesis de que fue escenario de un crimen. Un vecino autoproclamado espiritista se unió a la fiesta asegurando que, efectivamente, aquel lugar albergaba algo que trascendía a lo humano, como un edificio Dakota en versión cañí, pero lo único que estaba claro es que muchos años atrás había servido como casa de citas.

Como en cualquier buena leyenda urbana, a nadie se le ocurrió enfrentar la teoría de lo paranormal a la Navaja de Ockham y nadie reparó tampoco en la hipótesis del bulo. Como en cualquier buena leyenda urbana, nadie la cotejó. De los obreros que supuestamente perdían herramientas, veían deshecho su trabajo y oyeron gritar a niños y llorar a mujeres no hay ninguna noticia.

Al final las dificultades técnica y económicas que traía consigo la restauración recomendaron cambiar el plan y optar por la demolición de buena parte de la estructura para levantar una nueva construcción. Y cuando los viejos muros cayeron heridos de muerte sus fantasmas quedaron enterrados entre los escombros.

Sin embargo, todavía unos cuantos torrelaveguenses y las hemerotecas recuerdan aquella historia. Tal vez, incluso, aquellos espíritus sigan buscando vivienda o incluso hibernen en la misma dirección. Al fin y al cabo esos mismos obreros a los que nadie buscó tampoco han desmentido la historia. Y del mismo modo que hay quien asegura que Florispán sigue viviendo en el Río de la Pila, parece difícil adivinar por qué sus colegas de Torrelavega iban a ser menos.

Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.