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El Aviaco 502
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Aser Falagán | 18-06-2014 | 13:35

El 31 de enero de 1978 el vuelo 502 de Aviaco que cubre la ruta Valencia-Bilbao, un Caravelle 10-R, sobrevuela el cielo vizcaíno en las proximidades del Aeropuerto de Sondika. El comandante Carlos García Bermúdez maniobra con cautela por encima de una densa capa nubosa que dificulta la visibilidad e impide la navegación a baja altura sin instrumentos. Más abajo, a unos mil metros de altitud, otra cortina de nubes oculta la pista de aterrizaje. El viejo aeropuerto, una ratonera encajada entre montañas, tiene merecida fama de pista difícil y peligrosa. Las condiciones meteorológicas dificultan aún más el aterrizaje y pese a su contrastada pericia el comandante Bermúdez recibe aliviado la orden de abortar la maniobra de aproximación y dirigirse al Aeropuerto de Santander-Parayas, donde a solo cien kilómetros y unos quince minutos de vuelo le espera una pista despejada.

Bermúdez mantiene la nave a 10.000 metros de altitud y corrige el rumbo hacia Santander, pero cuando ha recorrido aproximadamente veinte millas observa sorprendido cómo de pronto se forma una nube compacta y brillante que engulle la aeronave y obliga a su tripulación colocarse las gafas de sol para evitar el deslumbramiento. Volar entre nubes no es nada extraordinario, aunque tampoco resulta en absoluto frecuente que se formen a 10.000 metros de altitud, pero lo que provoca su inquietud es lo que sucede a continuación. De pronto todos los instrumentos de navegación dejan de responder, las brújulas se vuelven locas, como neutralizadas por alguna extraña fuente magnética, el cuentamillas comienza a contar al revés y la cabina pierde las comunicaciones con Parayas y Sondika, desde cuyas torres de control se llama insistentemente a la aeronave sin recibir respuesta alguna. Los indicadores indican un rumbo inverso al correcto y en cabina no comprenden qué sucede con el aparato, que teóricamente responde a los mandos pero no a tenor de los indicadores.

Siete minutos después el vuelo 502 sale de la nube electromagnética. Recupera el radar y las comunicaciones con tierra y el instrumental vuelve a mostrar unas mediciones correctas. Sin embargo, el comandante Bemúdez repara en que el medidor de distancias señala exactamente las mismas millas recorridas que siete minutos antes, cuando el avión entró en el vórtice. Como si hubiera permanecido estático en el aire durante esos siete minutos.

Superada la crisis, la tripulación inicia la maniobra de aproximación y aterriza sin incidencias en el Aeropuerto de Parayas. Ya en tierra piloto, y copiloto comprueban atónitos que han tardado nada menos que 32 minutos, más del doble de lo previsto, en recorrer la escasa distancia entre Bilbao y Santander. Lo que para ellos habían sido siete minutos envueltos en una nube parecen haber resultado 24 para el resto de la humanidad, como si el cielo de la Cantabria oriental albergara una grieta espacio-temporal o un portal dimensional capaz de congelar el tiempo. Ninguna lectura ni teoría podía explicar lo sucedido, y menos aún para el experimentado comandante Bermúdez. Más de siete lustros después sigue sin haber explicación.

Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.