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Categoría: mas-deporte
Odriozola El Magnífico

Los cargos federativos deberían de ser vitalicios y hereditarios. Así, como suena. De esta forma nos evitaríamos paripés innecesarios, tediosos procesos electorales y pérdida absurda de tiempo y de dinero. Siempre va a ganar quien tiene que ganar, así que de esta forma se da una cobertura legal a lo que de facto sucede en gran parte de las federaciones deportivas españolas ¿Para qué necesitan de elecciones personajes como Angel María Villar o José María Odriozola? Como la banca, siempre ganan.

La oposición es un ente realmente curioso dentro del deporte. Estar, está. Hacerse oír, se hace oír. Pero poco más, porque cuando llega el momento de la verdad, de dar el paso al frente, recoger firmas y avalar así su candidatura, normalmente todo se queda en nada. Pocos tienen ganas de auto-inmolarse. Sí, es cierto que quien ostenta el poder, maneja la maquinaria del poder, pero nadie nunca dijo que fuese tarea sencilla cambiar ciertos modos de hacer las cosas y a las personas que están al frente del anciano régimen. Es más, los que desde hace décadas manejan el cortijo, fueron en su día, aunque parezca mentira, unos revolucionarios que consiguieron destronar el poder establecido.

Esta semana se celebrarán elecciones en el Atletismo español. Finalmente y a pesar de tanto ‘clamor popular’ contra la gestión de Odriozola, el septuagenario presidente solo tendrá que enfrentarse a un contrincante, el valenciano Vicente Añó. La cara del cambio ha sido durante muchos años, curiosamente, vicepresidente del propio Odriozola. Al parecer, no había ‘sangre nueva’ en todo el atletismo español para sustituir al viejo presidente. O sí la había. Fermín Cacho y Martín Fiz, dos grandes de nuestro atletismo, se decidieron a dar el paso hacia adelante… hasta que Cacho se unió a la candidatura de Añó y Fiz dijera que lo dejaba para mejor ocasión.

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Y el Fútbol vendió su alma al Diablo

El fútbol es uno de esos extraños negocios en los que el cliente nunca tiene razón, se le pone todos los obstáculos imaginables para hacerle la vida fácil y se intenta por casi todos los medios echarle del local. Raro, pero cierto. Especialmente en España, un país que ha maltratado por sistema a los aficionados, ocasionales o de carné, provocando una lenta, pero inexorable deserción en las gradas, como se ha visto recientemente en la última eliminatoria de Copa o incluso en un duelo de Champions con el pedigrí del Real Madrid y el Ajax. Antaño, habría bofetadas por entrar en el Bernabéu para ver este partido, aunque no hubiera gran cosa en juego.

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Equipo grande, equipo pequeño

Un equipo grande es aquel que, haga lo que haga, siempre es candidato y favorito a todo. Un equipo grande es aquel que cuenta con jugadores que no se arrugan ante las citas importantes o se esconden bajo tierra en los partidos importantes. Un equipo grande es aquel que actúa con rigurosa disciplina en las fiestas de pueblo y lo da todo cuando tiene que salir a la Opera de Milán. Un equipo que aspira a ser grande es aquel que se queda a medio camino, que se arruga ante los grandes, al que le tiemblan las piernas en las citas marcadas en rojo. Son un quiero y no puedo, muy válidos y respetables para asuntos menores, pero a los que les falta un hervor cuando tienen que saltar al escaparate en el que quedan retratadas todas las vergüenzas. Eso fue lo que se vio este sábado en el Bernabeu: un equipo grande frente a un eterno aspirante que siempre se queda a mitad de camino.

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La insoportable levedad de Mou

Tengo una plantilla que parece más una cuadrilla de tuercebotas con peinado de diseño, que un equipo de fútbol; vivo en un club que parece estar regentado más por el hermano pequeño del Doctor No, que por un tipo, comunicativo, implicado y cercano; mi entorno es un campo de minas dispersadas por un loco peligroso y olvidadizo y no un lugar en el que uno pueda sentirse seguro y a salvo; y la prensa con la que cada día me tengo que desayunar es como tomarse en ayunas un par de buenos chutes de aceite de ricino. De echar las tripas. Si a eso le añadimos que estoy más solo que el general Custer, rodeado por feroces apaches sedientos de sangre, mi sangre, harto de llamar al Séptimo de Caballería, que ni está ni se le espera, pues tenemos un panorama para orinar y no echar gota, con perdón del distinguido público que tanto me ¿quiere? y al que yo tanto ¿aprecio? Desde que llegué al Madrid, solo me faltaba que me crecieran los enanos. Pues bien, este fin de semana, los pequeños han pegado el estirón.

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El extraño caso de Fernando Llorente

Una crisis deportiva se puede gestionar bien, mal, peor o como lo está haciendo el Athletic. Es un caso digno de Cuarto Milenio lo que está sucediendo en este histórico club desde que tocaron el cielo con la punta de los dedos hace menos de seis meses, tras alcanzar las finales de la Europa League y de Copa. De la gloria a la miseria en tiempo record. Sin duda, uno de los capítulos más feos y extraños es el Caso Llorente, un cúmulo de traiciones, despropósitos, negociaciones mal llevadas, venganzas, juego sucio y puñaladas traperas que amenazan cada día que pasa el inestable equilibrio de un vestuario.


Que un jugador intente mejorar su contrato aprovechándose del viento a favor de unos buenos años, goles o llamada de la selección es algo normal y legítimo. Del club depende adecuar la demanda a la oferta para cuadrar cuentas. Que un club intente hacer un buen negocio con uno de sus mejores activos, especialmente cuando está brillando en los escaparates de la competición europea o de la selección, también es lógico y natural. Del jugador depende adecuar el deseo del club con el beneficio propio. El problema aparece cuando da la impresión de que una de las partes está haciendo todo lo posible por no conseguir llegar a un acuerdo.
El Athletic y Fernando Llorente han estado un año y medio negociando la renovación del contrato del jugador. El parto de los montes parecía tener un feliz desenlace con los 4.5 millones de euros, más objetivos, cuando la obra teatral se convierte en un sainete en el que aparecen protagonistas inesperados en forma de comisiones de representantes, ofertas o presuntas ofertas de un equipo grande; todo ello aderezado en el entreacto con dos finales perdidas, una bronca monumental y filtrada a la prensa del entrenador Bielsa, poniendo en solfa la implicación de algunos pesos pesados del vestuario rojiblanco, entre ellos el propio Llorente, y como traca final, el deseo público del jugador de no seguir vistiendo la camiseta de los leones. Un buen guión, no cabe duda.
Llegados a este punto, el día a día de Fernando Llorente se ha transformado en un pequeño infierno. De ser un héroe a convertirse en casi un villano; de ser un jugador indiscutible en el once, a ser un futbolista prescindible y criticado por su escasa implicación y mal estado de forma . Las bajas pasiones entran en juego, el momento de poner a toda una grada en contra de un jugador o de criticar con acidez extrema los aplausos a un estadio que te aplaude, o la foto con un compañero de la selección española, palabra esta última que también se ha introducido en la guerra de guerrillas que viven jugador y club. Todo vale.
Mal negocio están haciendo tanto el presidente del Athletic, Josu Urrutia, como el propio Fernando Llorente. Para el primero, porque el contrato del jugador finaliza en junio de 2013 y, de seguir así, el club no va a sacar un euro por el traspaso. No te empeñes en mantener en tu equipo a un jugador contra su voluntad ni, por supuesto, hacerle la vida imposible. Para el segundo, porque su imagen de jugador voluble, caprichoso, poco leal y mal asesorado está devaluando día tras día su cotización en el mercado. Están condenados a entenderse, salvo que sigan empeñados en pegarse tiros en el pié, claro.

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¿Es indecente lo que ganan los futbolistas?

Las crisis son un magnífico campo de cultivo para la demagogia, así que es normal que cuando la sensibilidad social se encuentra a flor de piel, ciertas noticias o informaciones, convenientemente sazonadas, sean un auténtico filón para los manipuladores con carné. La semana pasada se conocieron las cifras del contrato de Cristiano Ronaldo y las razones por las que las negociaciones para prolongar su estancia en el Real Madrid se encontraban en parada técnica. Si en un contexto económico normal no llama demasiado la atención que un futbolista gane al año casi 11 millones de euros limpios, aparte los ingresos por derechos de imagen, que en el caso de Cristiano, triplican incluso lo que cobra del Madrid; en un contexto de crisis económica, paro, desahucios y futuro de color negro tirando a negro-negro, estas cifras chirrían. Si, además, las pones en manos de un loco de la demagogia, es un chollo al que difícilmente te puedes resistir.

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Sobre el autor @TabernaMou
¡Bares, qué lugares! Tres cosas tienen en común estos templos del saber: la ensaladilla fosilizada, una buena estaca disuasoria para los simpas y las apasionadas discusiones deportivas. Esto quiere ser la Taberna de Mou, un lugar de encuentro para hablar de deporte sin límite de edad, sexo y condición. Bienvenido, te estábamos esperando