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A los toros
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:11| 0
En el mundo hay sitios y lugares. El túnel de cuadrilla de Las Ventas en San Isidro es de los segundos. Es una puerta entre dos mundos: delante, el vacío físico del ruedo recién rastrillado, pintadas las rayas nuevas como una 'tabula rasa' en la que reescribir la historia de la gloria o de la muerte. Atrás quedan Madrid, los atascos, los gritos de los que venden agua fría, el trabajo, el balance de la empresa en el segundo trimestre y otras tablas de beneficios y pérdidas contables que allí carecen de sentido. Por eso lo buscas y sales del curro como si rompieras las cadenas y tomas un taxi que vuela por la M30 con el estómago como si te hubieras tragado un globo. De pronto, estás a su merced. 'Getting dark, too dark to see, knocking on heaven's door'. Allá en el tendido que se va llenando poco a poco así de lejos crees ver a alguien que falta y si entrecierras los ojos junto al ladrillo se dibuja la fantasma de don Antonio Chenel de espaldas, mirando la luz de enfrente desde otro mundo y fumándose un 'lucky' con el capote ya liado, los pies separados un poco más allá de la vertical de los hombros. Puedes notar ese olor a humo de puro, a colonia de hombre y si te fijas, sientes esa electricidad que lo cubre todo y que pica en el cuello y en la boca como si mascaras pilas. Así sabe el compromiso de unos tipos que saldrán de allí ungidos en carros de relámpagos, que diría Manolo García, o tumbados en una camilla o, en el peor de los casos, despedazados por el fracaso y la vergüenza. Por nada. Porque en un mundo que se mide en 'Clicks' o en 'Me gusta', ese túnel es un monumento a la inutilidad del arte de la que hablaba Auster, que es la única manera de hacer arte. Allá vamos cada mayo a pasar por esa puerta, a sentir con ellos el abismo delante de los pies, a perder el aire, a notar en la cara el aliento caliente y húmedo de la bestia. A que la suerte nos apunte en la nuca. A los toros. Publicado el 26 de abril.
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La tumba del mar
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:09| 0
A raíz del pájaro de hierro que cayó en Fuerteventura, discutir si cinco millones de euros es mucho o poco precio para rescatar el cadáver de un hijo a 2.500 metros de profundidad y entregarlo a un padre es complejo, pues ya no se puede preguntar al finado. Por si un día caigo al mismísimo fondo de las Marianas, ya les pido que me dejen allí, arrumbado en el silencio de la cuna primigenia de agua, aprendiendo los dialectos secretos que a veces creo descifrar cuando silba el temporal del noroeste. Lo malo es para el que se queda, pero qué mejor cama para dormir la eternidad que el enredo de unas artes de pesca perdidas, que las planicies en las que reinan los cangrejos o algún cobijo bajo una lasca, custodiado hasta la total disolución física por dos o tres congrios de riguroso luto. ¡Qué mejor final que el mar infinito de infinitas dimensiones! Cuando los barcos eran barcos se metía a los marineros muertos en su coy de uniforme, con una bala de cañón en los pies y la última puntada traspasando la nariz como un 'piercing' definitivo y se los lanzaba por la borda con un 'plof' y una oración breve como solemne punto final a este soplo aéreo tan azaroso, tan volátil y sobre todo tan corto. Servidor no tiene uniforme ni hacen ya balas de cañón como las de antes, y como es probable que a algún amigo se maree con lo de la puntada en la nariz, bastan estas sencillas instrucciones. Queman lo que quede, toman las cenizas, también las de mi padre y le piden prestado el barco a algún amigo. Cuanto peor tiempo haga, mejor. Entonces el que quiera que rece un Aita Gurea -Padre Nuestro en euskera- y nos largan por la borda sin mayor ceremonia en la ciaboga de las regatas de traineras, a una milla justa de la barra de la Concha, que es donde todavía duermen nuestros sueños marinos. Allí terminará y empezará nuestro viaje. En adelante, desde el Cabo Peñas hasta el Golfo de Cádiz al de Bengala, seremos corriente constante, agua mansa de cubito de playa de niño y tempestad vieja de turbia blancura coronada que estalla contra las rocas. Juntos de nuevo. El dinero que sobre, lo gastan en vino. Publicado el 26 de abril.
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Yo creo a Esperanza
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:08| 0
¿Que a quién se le ocurre aparcar su coche en la Gran Vía? ¡A ella! Yo creo a Esperanza Aguirre cuando dice que solo se le fue un poco la olla y se puso con un puma panza arriba. Que supuso, como hemos supuesto todos alguna vez, que el agente en cuestión nos tiene manía y que no tiene otro pito que tocar que firmarnos un autógrafo. Comprendo el ‘No sabe con quién está usted hablando’, porque a todos nos ha salido del alma, al menos hasta que nos respondimos la pregunta antes de hacerla. Incluso creo a Esperanza Aguirre cuando dice que se largó tranquilamente a su casa después de derribar la moto de la Policía Municipal que estaba, según ella mal aparcada. Le creo hasta que pensara que la que estaba mal estacionada era la moto y no ella y que desoyó las sirenas y las advertencias de la policía hasta llegar a su casa, cosa que en el centro de Madrid ya no hacen ni los narcotraficantes en fuga. Creo todo esto porque Esperanza Aguirre es una fiera corrupia, un basilisco capaz de bailar la danza del fuego en el hall de un hotel de Bombay atacado por los terroristas, dar una rueda de prensa con ‘Manolos’ y calcetines, merendar un huevo duro viendo los toros en la andanada de Las Ventas, amortiguar a una mano la caída de un helicóptero y hasta retirarse de la política. A su lado, Chuck Norris –que ha mandado un telegrama- es un ‘boy scout’. De hecho, si Espe fuera hombre y no tuviera esa corrección ‘polite’ británica, andaría por ahí sacándosela. De verdad que la capacidad de absorber un litro de agua tibia por el recto de la que se ufanaba Camilo es un juego de niños al lado de la naturalidad con la que doña Esperanza se lía el pitillo de la realidad y se lo fuma dibujando aros de humo en el aire de la tarde. Concibo las tangentes, el infinito, la formación de las galaxias y las columnas de magma recorriendo el núcleo de la tierra sólo porque existe ella, vale, pero no me bajo de esto: tirar el coche en el carril bus de la Gran Vía para sacar pasta es para encarcelarla. Publicado el 2 de abril.
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Sobre el autor Francisco Apaolaza
Nací en 1977 en San Sebastián. También me llaman Chapu. Soy observador profesional por cuenta ajena en las páginas de los periódicos de Vocento. Como García Márquez, ascendí con esfuerzo por las diferentes áreas de un periódico hasta llegar a lo que soy: reportero raso. Antes, jefe de Área de Cultura y Sociedad en ‘La Voz de Cádiz’, hoy parte del equipo de la sección V de reportajes. Aquí, columnista. @chapuapaolaza

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